Hoy es mi primer día en Channel and Sons, después de varios meses buscando trabajo sin éxito, así que estoy nerviosísima. Eso de llegar a un sitio sin conocer a nadie es horrible, todos mirándote y cotilleando sobre mi ropa, mi peinado, mi forma de hablar. Menos mal que mi jefe estaba esperando en su despacho para explicarme mis obligaciones y lo que esperaba de mí y no tuve que enfrentarme a las miradas de los compañeros durante demasiado tiempo.
Mi jefe es un hombre sorprendentemente joven y guapo, tiene una sonrisa de esas que la dejan a una colgada a la primera mirada, ¿quien será la afortunada que le haya echado el anzuelo? El trabajo que tengo que realizar es bastante sencillo, contestar al teléfono, mecanografiar cartas, llevar el café. Quien me iba a decir que tendría problemas con una tarea tan simple como esta última.
A media mañana entré en el despacho con una bandeja muy pesada a causa de la cafetera, el agua y los donuts, por culpa de los nervios, en el momento de servir el café derramé todo su contenido sobre la camisa de mi jefe y sobre mí misma. Aterrorizada intente limpiar la mancha con una servilleta mientras temblaba de pies a cabeza. “Tranquila” dijo mi jefe deteniendo mi mano gentilmente, “lo mejor será que me la quite para quitar la mancha”.
Dicho y hecho, allí mismo se desabrochó y quitó la camisa ante mi estupefacta mirada. Estaba buenísimo y lo sabía, cualquiera diría que me estaba provocando. Mientras sonreía me indicó, con un gesto, que hiciera lo mismo si no quería que la mancha se quedara allí para siempre. Aturdida obedecí, quitándome uno a uno todos los botones de la blusa. El me ayudó a quitármela y afirmó “Mucho mejor, te enseñaré a quitar las manchas de café”. Agarró un sifón de un mueble cercano y se colocó a mi espalda sosteniendo con sus fuertes brazos los míos. Hablando a susurros me indicó que frotara con suavidad la camisa y sujeto mis manos entre las suyas para guiarme. “Ves, así resulta mucho más sencillo” continuó susurrando. Yo podía sentir su aliento en mi nuca, y a cada palabra suya se me erizaba la piel. El contacto de su pecho contra mi espalda me hacía arder, casi me derretía, no pude evitar comenzar de nuevo a temblar. “No tienes que tener miedo” decía mientras me acariciaba la cintura y me estrechaba entre sus brazos “lo haces muy bien”. Me di cuenta de su excitación por la rigidez de su entrepierna apoyada firmemente en mis nalgas. De repente besó mi cuello con suavidad, un beso húmedo y cálido, muy sensual. No se cuanto tiempo duró, quizás unos minutos, tal vez horas, las más excitantes de mi vida.
A él lo trasladaron a otra oficina al día siguiente, por lo visto su mujer, casualmente hija del dueño, estaba celosa y decidió que lo mejor era un cambio de aires. No he vuelto a verlo pero en la soledad de mi habitación he recordado infinidad de veces esos momentos.
Escrito por: Ana J. R.