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Blog >> Relatos Picantes

Mi Primera Vez

Cuando vino a buscarme a casa estaba nerviosísima, todo el mundo lo notó. Tardé horas en elegir la ropa que ponerme, arreglarme el pelo, maquillarme. Hacía meses que me gustaba, lo miraba en clase y deseaba ser su chica, que llegara a fijarse en mí. Hoy por fin habíamos quedado y casi no me podía creer la suerte que tenía.

Llegó un poco tarde, nos montamos en su coche y fuimos a comprar kebabs y bebidas para tomárnoslas en un lugar que según él tenía unas vistas increíbles. Como su coche era descapotable, podíamos ver las estrellas y las luces de la ciudad al fondo desde el asiento trasero donde estábamos. Nos pusimos a hablar de las cosquillas, yo tengo muchas, y empezamos a hacer pruebas, a ver que zonas eran más sensibles a ellas. Un juego que comenzó inocentemente se convirtió en algo excitante y muy sexi. Me pidió que no me moviera y acarició mi cuello lentamente, primero con los dedos y después con sus labios suaves y hambrientos al mismo tiempo. Yo casi no podía respirar, cada vez que me miraba con esos ojos verdes de sinvergüenza me hacía temblar, era tan guapo y me daba tanto morbo pensar en él. Me besó en el cuello, la oreja y la cara, pero justo a unos milímetros de mi boca se alejó sonriendo, era terrible, no se si quería matarle o comérmelo entero.

Bajó lentamente la cremallera de mi camiseta, dejando a la vista los encajes del sujetador y pasó el dedo descuidadamente por ello. Volvió a besarme nuevamente y, como quien no quiere la cosa, acarició mi espalda desabrochando a la vez el sujetador. De la excitación lo pezones se me habían puesto duros y, al tocarlos me estremecí. El me recordó que no debía moverme, debía cumplir las reglas del juego. Tras eso me lamió ansiosamente el pecho y preguntó “¿Te hago cosquillas?” Siguió por mi barriga, ombligo, caderas y, ya sin inocencia alguna, me quitó los pantalones.

Yo no había llevado preservativos, no creí que esto pudiera pasar en la primera cita y él tampoco tenía. “Sólo meteré la punta” me dijo, mientras se desabrochaba los pantalones y sacaba su pene, grande y duro. Lo sentí cálido y húmedo al rozarme con un balanceo primero suave, luego fuerte, penetrándome cada vez más adentro. Mi sexo latía caliente y mis caderas se movían hacia el, sin importarme las consecuencias, sólo quería más y más. Finalmente sentí como mi cuerpo se estremecía y un placer que jamás había experimentado lo recorría de arriba a abajo y tiempo que el se corría dentro de mi. Acabamos con los cuerpos enredados y sudorosos, jamás olvidaré esa primera vez.

Escrito por: Ana J. R.
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