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Blog >> Relatos Picantes

Relato Erótico: Sexo en la Playa

La temperatura aun era cálida esa tarde, parecía mentira que ya hubiese llegado el otoño, todo había transcurrido tan deprisa desde su divorcio... Mañana se marcharía del pueblo donde había pasado sus últimos años, era el momento de comenzar de nuevo, por fin estaba preparada y solo quedaba despedirse.

Lo vio allí, como todos los días, recogiendo su barca y sus redes. Ese pescador de piel tostada bajo el sol y gestos bruscos la atraía inexplicablemente. Siempre le había gustado observarlo recoger las redes con los músculos tensos y el cuerpo sudado. Desde que podía recordar, el acudía a su cita con el mar y la pesca, siempre a la misma hora, sin fallar jamás. Ella lo contemplaba trabajar durante gran parte de la tarde, sin acercarse nunca a hablar con él, ni siquiera para presentarse. No sabía nada de su vida, pero estaba segura de encontrarlo allí, como cada atardecer, ocupado con sus peces.

Aún no entendía como pudo pasar, simplemente lo deseaba y así lo hizo, se acercó a el y lo besó, sin detenerse a considerar las consecuencias. Su boca sabía a sal, sus movimientos resultaron apasionados mientras la cogía entre sus brazos. Sintió que cada centímetro de su cuerpo temblaba al ser acariciada. Había pasado tanto tiempo desde que alguien la hiciera sentir así, apenas si se acordaba. Recorrió su espalda con la yema de los dedos ásperos de trabajar con las manos, pero tiernos y delicados a la vez. La tocaba como si en sus brazos sostuviera una frágil muñeca de porcelana que pudiera romperse en cualquier momento. La desnudó lentamente, regodeándose en cada detalle, los pequeños botones de su blusa desabrochados uno a uno, hasta dejar libres sus pechos tersos y firmes aun, el cinturón , la falda y finalmente, las bragas. Estudió su cuerpo desnudo y sonrió besando todas y cada una de sus curvas y recovecos, tal que de un tesoro se tratase.

Sus cuerpos enlazados rodaron por la orilla mientras el agua de las olas los empapaba. Él se quitó los pantalones dejando a la vista el miembro viril más grande que había visto nunca. Aproximó su mano para acariciarlo, agarrarlo con fuerza y meterlo en su boca. Sabía a mar, como todo él, y a juventud y deseo. “No, quiero terminar dentro de ti” dijo casi en un susurro deteniéndola y, cubiertos completamente de arena y espuma la penetró con fuerza. Como las olas del mar, la embistió una y otra vez, gimiendo los dos al unísono. Ella podía sentir como la llenaba completamente con su sexo y se derramaba en su interior estremeciéndose con cada gota, cada espasmo de placer. Los dos se quedaron dormidos y al despertar, la playa y ella estaban solas. Únicamente una caracola, dejada por el pescador en su regazo, era testigo de que lo ocurrido no había sido un sueño.

Escrito por: Ana J. R.
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