Esta mañana ni siquiera nos miramos, como si lo de anoche nunca hubiese ocurrido, yo me paseo con mi marido y casi parece que jamás hubiera sido tuya, pero ayer mi soledad acompañó a la tuya y nuestros cuerpos se enredaron, alzándose nuestros gemidos cual si fueran uno. No se si lo pude evitar o no, porque no quise.
Acababas de terminar tu jornada, dura casi siempre, y tu cuerpo lleno de sudor pedía a gritos un descanso. Nadie te esperaba y yo, como siempre, me encontraba sola en una casa cuya soledad me ahogaba cada día mas. No cruzamos una palabra, sólo nos miramos y con eso bastó para decirlo todo, nos lanzamos el uno con el otro allí mismo, en el suelo del jardín. Tu cuerpo huele a hombre joven, a campo y a sal, esa mezcla que no pude resistir entonces y aun hoy me hace estremecer. Mi lengua trazó caminos prohibidos sobre tu cuerpo, tus hombros, tu espalda, tu cintura, nada me negaste, y eso que yo lo quería todo. Descubrí todos tus secretos y me abrí a ti, mi cuerpo completamente tuyo. ¿Cómo podría haber imaginado que esas manos tan acostumbradas a trabajar eran tan dulces?... ¿Y que llegarías a sacar ese animal salvaje que ni siquiera yo sabía que llevaba dentro?
En una sola noche descubrí secretos sobre el sexo que hasta ahora me habían sido ocultados, arañé mordí y bebí todo aquello que sabiamente supiste darme y me ofrecí entera, entrelazando mis piernas alrededor de tu cintura, moviéndonos ambos al mismo son de mis caderas hambrientas. Con nuestro último estremecimiento llegaron las primeras luces del amanecer y tuvimos que desatar nuestros cuerpos, aunque tu olor se quedó junto a mi. Nada dejé por disfrutar de ti, y aún hoy tengo hambre...
Escrito por: Ana J. R.