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Blog >> Relatos Picantes

La Gallinita Ciega, Relato Erótico

Llevábamos horas jugando como críos a Un dos tres pollito inglés, Tu la llevas y ahora estábamos con la gallinita ciega. Cuando me mandaron el correo para avisarme de que ese sábado se reunían después de tantos años todos los del cole no me pareció muy buena idea, al fin y al cabo por esa época yo era una chica tímida con espinillas y no quería volver a recordar. No obstante no me lo estaba pasando tan mal, habíamos vuelto a la infancia pero mejor, ya no me sentía cortada, me divertía con mis antiguos compañeros y encima había vuelto a ver a Francis, el chico que me gustaba entonces y al que los años no habían sentado nada mal.

Cuando me dijo que me tocaba a mí ponerme la venda no pude decir que no, tenía ese modo de hablar tan dulce y persuasivo … Me ató un pañuelo con un nudo en la nuca y comencé a dar vueltas hasta que empecé a sentirme mareada. Intenté escuchar y me pareció oír risas y pasos que se alejaban y de repente nada, todo se quedó en silencio. Tras unos momentos percibí un pequeño roce en mi espalda, casi una caricia, después de nuevo nada. “Hola, ¿estáis ahí?” Una mano fuerte y varonil me cogió con firmeza y me atrajo hacia sí. Por un momento pensé en quitarme la venda pero luego caí en que podía ser Francis y me dejé llevar. Me abracé a su cuerpo y dejé que me acariciara con avaricia. Deslicé mis dedos buscando los botones de su camisa e intenté desabrocharlos, pero al no conseguirlo los arranqué con furia. Su pecho era fuerte y caliente, sus músculos estaban tensos bajo mis caricias. Un estremecimiento involuntario recorrió todo mi cuerpo mientras el deseo llenaba todo mi cuerpo. El tampoco perdía el tiempo, mi vestido era solo un motón de ropa en el suelo y junto a el quedaría también el sostén y el tanga.

Escuché con ansiedad como bajaba su cremallera, el sonido áspero al quitarse los pantalones al tiempo que devoraba mis labios, mi cuello y mis pechos. Me sostuvo entre sus fuertes brazos y rodeé con mis piernas su cintura mientras me penetraba con su miembro viril. Parecíamos estar el uno hecho para el otro, nuestros cuerpos encajaron a la perfección moviéndonos al mismo ritmo como si fuésemos uno. Nuestra pasión nos hizo gemir al unísono hasta que al fin, en la cumbre del placer grité de gozo. En ese momento, el se derramó sobre mí exhalando un suspiro de satisfacción.

No se como ocurrió, pero me quedé dormida y al despertar no había nadie, el se había oído dejando su olor sobre mi piel y el recuerdo de esos momentos que jamás se borrarían.

Escrito por: Ana J. R.
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